De la “narcodemocracia” al “narcokirchnerismo”
El cambio de suerte de los kirchner es abrumador. Las ollas en la argentina explotan de vínculos con cualquier cosa sucia exista en relación con el estado al que por lógica adoran porque les permite acceder a tantas cosas y al mismo tiempo mantener a las víctimas, la gente en general, convencida de que les están construyendo un mundo feliz.
A medida que aparecen nuevas vinculaciones entre el kirchnerismo y el caso mafioso del triple crimen vinculado al narcotráfico y a la venta de medicamentos adulterados al estado, ese que nos protege de todo, no puedo evitar recordar el oportunismo de Gustavo Beliz, gran colaborador en la construcción del kirchnerato, cuando salió con aquella frase de que la década del noventa había sido la de la “narcodemocracia”. Ahí está el último gobierno al que perteneció cada vez más relacionado con el mundo del narcotráfico.
Algo escribí en su momento sobre el asunto en octubre del 2003:
“Los narcofantasmas”
El ministro de Justicia logró su objetivo al lanzar sus explosivas declaraciones referidas a una “narcodemocracia” vigente en el país durante la década del 90.
Consiguió sacar del centro de la escena al comisario Giacomino para que todo el mundo dejara de preguntarse qué era lo que sabía el ex jefe policial sobre él, que no quería decir.
Se habla de una causa en la Aduana por la que habría intercedido Beliz, pero lo que es seguro es que Giacomino recibió el pedido del ministro de Justicia de frenar la orden judicial de desalojo de la fábrica Brukman, entre otros episodios de respaldo oficial a los delitos “sociales”, que es como se le llama en estos tiempos a la atorrantada política.
Enarbolar “narcodemocracias”, “mafias”, “conspiraciones para privarnos del agua”, da siempre resultado en un país que adora agarrarse de fantasías para explicar sus fracasos. El truco es obvio, pero muy exitoso.
Los Fernández del gobierno, Aníbal y Alberto salieron a castigar a Beliz a pedido del señor K. Más allá de que los exabruptos del ministro de Justicia le causen problemas al presidente en el Congreso, la molestia mayor es que le roben cámaras y protagonismo al marido de la “senadora más linda del mundo” a la hora de castigar. El es el golpeador, y sólo él.
Tanto que el diario La Nación en un editorial lo compra sin problemas, señalando que no hay que quedarse con el tono desmedido de las declaraciones de Beliz, sino preocuparse por el crecimiento del narcotráfico en el país.
Claro, Beliz no hablaba de narcotráfico, sino de “narcodemocracia”, es decir un sistema político de traficantes de drogas. El error en el que no hay que caer es el de distraerse tanto con el tono como con las críticas al tono, porque el fondo es insostenible.
Es probable que el narcotráfico haya crecido en el país, pero Beliz califica al sistema político como condicionado por esa actividad como si la Argentina fuera Colombia. Salvo que con “narcodemocracia” intente explicar el resultado de las últimas elecciones, que puede llevar a pensar que existe alguna sustancia en el agua que altera el discernimiento de los votantes.
Pero sabemos que no es ese el sentido. Elisa Carrió en el año 1999 también recurrió al fantasma del narcotráfico para servir a la estrategia del gobierno de la Alianza para echar a Pedro Pou del Banco Central. En ese entonces se hablaba de “lavado” y se presentaba a la Argentina como la capital internacional del blanqueo de capitales proveniente del tráfico ilegal de drogas.
Inclusive promovió una comisión parlamentaria que anunció el descubrimiento de la “matriz de la corrupción en la Argentina“. Esa matriz por supuesto no está en el tráfico de ninguna cosa sino en el Estado del que la ex diputada es una firme defensora, pero el hecho es que de esa gran convulsión que alteró el ánimo de los argentinos, causó la salida del presidente del Banco Central, posibilitó el debilitamiento de la convertibilidad por Cavallo y generó una profunda desconfianza en el sistema financiero que sabemos cómo terminó, no quedó nada. Fue humo, humo demagógico agitando fantasmas muy redituables en la opinión pública.
No somos un país en serio si un ministro de justicia (no un denunciante compulsivo o un reportero amarillo de poca monta), lanza una especie escandalosa de ese tenor, y todo el mundo da por sentado que se puede esperar de un funcionario de su jerarquía el hacer afirmaciones tan irreales como para que ni se investigue ni se le pidan explicaciones.
El día que la Argentina sea una “narcodemocracia” en la que sus funcionarios y representantes naden en el éter de la intoxicación, tal vez inclusive mejoremos. Si concientes y en uso de sus facultades dicen lo que dicen, un tanto beodos puede que hagan las cosas algo mejor. Peor que esto imposible.
Gustavo Beliz fue designado como ministro sobre todo para sacarlo del paso de las aspiraciones de Aníbal Ibarra a la reelección. Cumplido ese rol, las acciones de Beliz en el gobierno bajan. Lo sabe muy bien y por eso hacer declaraciones como las que hizo le dan un tiempo de respiro. El señor K no querrá expulsarlo quedando como defensor de los “narcodemócratas”.
En estos días se recordaron las distintas amistades políticas que cosechó Beliz en su trayectoria. Empezando por el propio Menem, siguiendo por Octavio Bordón, Domingo Cavallo y hasta Carlos Ruckauf. Faltó recordar que su casamiento se hizo en la quinta presidencial de Olivos (eran tiempos de otros huracanes y nadie se preguntaba si era legítimo y legal utilizar un lugar público para una fiesta privada), actuando Carlos Menem cómo padrino y con la presencia de cuanto “narcodemócrata” anduviera suelto.
Estos recuerdos no son casuales. Los regímenes autoritarios tienen por característica aceptar la pleitesía inicial de quienes se pasan de vereda en su favor, pero rápidamente se deshacen de ellos cuando ya dejaron de ser redituables.
En un reportaje que le hace Alejandro Margulis para La Nación en enero de 1996, le preguntan a Beliz si se consideraba el San Juan Bautista de la Política. El ahora ministro K respondió: “Espero que no. A San Juan Bautista si mal no recuerdo le terminaron cortando la cabeza”. Tal parece que si sigue irritando al señor K, lo único que cree que lo diferencia de San Juan Bautista, será en realidad su única similitud.
Autor: Jose Benegas
Fuente: No me Parece























